CONTRA EL HAMBRE Y LA REPRESIÓN, RECUPERAREMOS LAS CALLES LUCHANDO

Después de cuatro meses de la llegada del covid-19 a Chile, con más de seis mil personas fallecidas, seguimos sin ver luz al final del túnel. Mientras crecen las cifras de muertes y contagios, aumenta la cesantía, el hambre y la represión. Los barrios populares, armados de sus propias manos, un par de cacerolas y mucho corazón, buscan recuperar las calles a punta de barricadas y ollas comunes para hacer frente al hambre, la militarización y la indolencia de un gobierno asesino.

Mientras Piñera destina descaradamente más de cien millones de pesos de recursos públicos a comida exótica para banquetes presidenciales, los cerros y sus organizaciones retoman su quehacer volcándose a combatir el hambre desde esfuerzos modestos de abastecimiento comunitario, entregas de almuerzo, panaderías populares y acopios solidarios, buscando responder a las necesidades más palpables del pueblo con organización y solidaridad. 

El Ministerio de Hacienda anunció un gasto fiscal de cien millones de dólares en cajas de alimentos evaluadas en treinta mil pesos cada una, entregando más de 490 mil cajas. Sin embargo, su contenido, que consiste básicamente en fideos, aceite, arroz, azúcar y una que otra golosina (como si las familias pobres no comiéramos otra cosa), muy lejos de estar realmente pensado en las necesidades alimentarias de las familias, no representa un precio superior a los veinte mil pesos. Incluso, si el valor fuera real, calculando el total de las cajas a repartir, no llega ni a un tercio del costo anunciado por el gobierno. Aun considerando los costos de transporte, envasado y almacenamiento, el gasto de US$ 100 millones de los fondos públicos sigue siendo injustificado.

Además del desvergonzado lavado de dinero que orquesta el gobierno a través de las cajas y el exagerado despliegue militar y policial para las entregas, adjuntan una patética y burlesca carta presidencial donde culpan a la pandemia de la crisis económica y nos tratan como si fuéramos una “familia”, pero claramente no somos esa familia a la que le aseguran puestos ministeriales o cargos públicos como a los Chadwick-Piñera. Pretenden dividir a nuestras poblaciones y que los barrios se peleen por un par de migajas miserables para hacernos olvidar que los únicos responsables de la crisis son los empresarios y su gobierno.

“Los hambrientos piden pan, plomo les da la milicia” dijo Violeta Parra hace más de sesenta años, y pareciera un esquema básico de la acción estatal en Chile, pues hoy la prioridad se centra en mantener el control de las calles a través de la presencia militar y el hostigamiento policial. Con la excusa de un control sanitario inexistente, las calles de las ciudades se repletan de militares y policías, como en un toque de queda permanente. Aumentan las políticas de control y persecución a las organizaciones populares. El Ministerio del Interior, desde la Subsecretaría de Prevención del Delito, impulsa un formato único de permiso que busca identificar a quienes organizan sus barrios para levantar las ollas comunes, con un claro afán de perseguir y controlar la organización de los territorios. Pacos y milicos, como patético show televisivo, durante el día levantan ollas y entregan cajas para limpiar su imagen junto a la del gobierno, para en horas de  la noche reprimir violentamente las poblaciones de los cerros a punta de disparos, lacrimógenas y chorros del guanaco. 

Las calles de las poblaciones se han convertido en un clave escenario de disputa. Durante las jornadas de protesta convocadas para los primeros días de julio, la juventud popular ha levantado barricadas en múltiples puntos, demostrando que la rabia y la esperanza son más grandes que el miedo. Dos cosas importantes hemos aprendido de este periodo hostil: primero, que este gobierno no tiene ningún interés en proteger las vidas de la clase trabajadora; y segundo, que únicamente la protesta callejera puede acelerar los procesos de ayudas sociales. Prueba de ello es el hecho de que ninguna caja del gobierno fue repartida antes que se iniciaran los cortes de ruta y las protestas en las poblaciones. Ninguna ayuda caerá del cielo.

La derecha chilena ha mostrado el rostro más sincero del aparato estatal burgués: una maquinaria impuesta para exprimir hasta la última gota las vidas de la clase trabajadora. Más allá de un juicio moral al gobierno de Piñera, lo que queda al descubierto es el hecho de que el Estado de Chile jamás ha tenido un plan de abastecimiento para la población, ni en periodos de crisis ni de estabilidad. Todas las necesidades básicas de las familias chilenas están sujetas a la anarquía económica del libre mercado. Y en este hostil escenario, ha sido la organización auténtica del pueblo la única herramienta para enfrentar la calamidad.

Las poblaciones organizadas van trazando líneas de acción que visibilizan un horizonte profundo de transformación. Ante la pauperización de la vida se abren dos ejes de acción inmediatos: por una parte, combatir el hambre a través de la acción solidaria organizada del pueblo y; por otra parte, denunciar el actuar criminal del gobierno por medio de la protesta popular. Estas acciones, hoy en una fase embrionaria, tienen la insolencia de desafiar al modelo en su conjunto, poniendo en evidencia la tremenda capacidad del pueblo de responder de manera autónoma a sus necesidades más palpables y el nulo interés por parte del Estado de hacerse responsable de las vidas del país. 

Las organizaciones populares, ollas comunes, Juntas de Vecinos y asambleas territoriales tienen el potencial y el desafío de asumir el protagonismo en la superación de esta crisis. Multiplicar los núcleos de organización barrial y desarrollar sus capacidades orgánicas y logísticas, conectar las diversas iniciativas territoriales en pequeñas y grandes redes autónomas con perspectiva de clase, coordinar acciones de protesta desde diversos frentes y territorios con demandas claras que apunten a soluciones inmediatas y develen problemas estructurales, poner al descubierto los vacíos del Estado y combatir el oportunismo del mercado desde la acción organizada de la clase trabajadora, he ahí algunas de las tareas clave de este periodo para convertir la amenaza de esta crisis en una oportunidad para el desarrollo del poder popular.

Autoría: LA VOZ DE LOS CERROS

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