Memoria de resistencia, presente de lucha

Hay ciertos hitos recientes que sacuden la memoria, el reciente paro camionero recuerda al paro del gremio contra la UP, la prisión política y las violaciones a los DDHH rememoran el salvajismo dictatorial y el plebiscito del 25 de octubre recuerda al del 5 de octubre de 1988.

Estos hechos, cada uno en contextos diferentes, expresan los impulsos de la clase dominante para salir a flote en periodos de auge del movimiento de masas. El reciente paro camionero, es expresión de sectores económicos, políticos y militares (policial) que pretenden colar una agenda represiva ante un posible estallido social 2.0. El próximo plebiscito abre un proceso constituyente hecho a la medida de los partidos políticos. 

Haciendo el paralelismo con la historia reciente de Chile, la situación está transida por una crisis económica en cifras similares a la de 1982, dentro de un contexto de malestar social que termina en estallido social (forma de explotar –huelga de masas- similar a la actual). Tenemos una crisis orgánica del capitalismo como en 1973 (crisis del petróleo), cuya salida en aquella época consistió en dictaduras militares con métodos de represión fascista que abrieron la puerta a un nuevo ciclo de acumulación capitalista. De esta revolución capitalista instaurada por la dictadura cívico-militar se conserva su estructura de poder que permite su reproducción, el partido político-militar del gran capital sumado al partido del orden, cuyas estructuras se encaminan al cambio de constitución en defensa del modelo. Al igual que en 1988 el movimiento de masas se ve enfrentado a la fuerza centrífuga de un hito político-electoral que amenaza con devorarlo para procesarlo dentro de la institucionalidad.

Sin embargo, los contextos son diferentes.

La actual crisis económica, respecto a la caída del PIB, se asimila a la de 1982. Si bien la actual crisis, aun no ve fondo, su carácter es similar al ciclo abierto por la crisis del petróleo de 1973, es decir, una crisis orgánica del sistema capitalista en su conjunto. La respuesta a la crisis de hegemonía de los 70” fueron las dictaduras militares con métodos de represión fascista en américa latina, las cuales iniciaron una ofensiva contra el movimiento de masas que permitió dar inicio a un nuevo ciclo de acumulación capitalista conocido como neoliberalismo, para lo cual se debió asegurar el poder político para garantizar la tasa de ganancia a la espera de la apertura de este nuevo ciclo de acumulación.

Ante la actual crisis orgánica del sistema mundo capitalista, a la burguesía le asiste la misma necesidad estratégica de asegurar el control político.  Ante un auge sostenido del movimiento de masas, desde la primavera árabe al octubre chileno, la crisis de la burguesía se traduce en crisis de conducción. En Chile se enfrenta esta crisis de legitimidad del sistema político con la fórmula de la asamblea constituyente, apuesta de la clase dominante apurada por la movilización popular.

La salida plebiscitaria de la crisis se asemeja a la de 1988. El plebiscito del 88 logro procesar el movimiento popular anti-dictatorial. La dictadura, a pesar de su desgaste, logro entregar el poder con altos índices de respaldo y en una época de auge de la economía potenciada por el eventual regreso a la democracia, lo que significó una ágil desarticulación de los sectores de avanzada del movimiento popular y una asimilación del movimiento de masas al cauce institucional.

La salida plebiscitaria del próximo 25 de octubre se enmarca en esta crisis económica y política del capitalismo. La posibilidad de procesar el movimiento de masas es mucha más compleja que en 1988, las dimensiones de la crisis exceden el marco constitucional impuesto por la burguesía. El proceso constitucional para la burguesía sirve para ganar tiempo, y debe re-oxigenar el sistema político, asegurar el poder político y garantizarles la tasa de ganancia. La contradicción se presenta en que la clase dominante debe garantizar la tasa de ganancia, para lo cual debe llevar a cabo una ofensiva contra la clase trabajadora en un periodo en que va en alza la combatividad y organización de las masas que luchan por derrocar el modelo pinochetista, sin embargo, para la burguesía el modelo debe mantenerse o precarizarse aún más, cuestión ultima, que se ha visto reflejada en la destrucción del empleo, lo cual a la vez agudiza más la contradicción capital-trabajo en medio de un polvorín social. 

Hay claridad para el amplio arco político institucional que la represión es fundamental, ya que el proceso constitucional no garantiza la paz social y ante la necesidad de precarizar la vida (mantención de la tasa de ganancia), la opción principal corre por el carril represivo ante la desnudez de la crisis (quiebre del consenso hegemónico). Las violaciones a los DDHH han sido una constante en nuestro país, con mayor o menor intensidad, debido al carácter del sistema deshumanizante que mantiene la columna vertebral de la dictadura, el mismo partido político-militar (que ejerce el poder material) que preserva en su repertorio la utilización de mecanismos represivos de corte fascistas. 

La no existencia de un polo de clase organizado y dirigente, como en tiempos de la UP, descentraliza la represión (no consiste en exterminar un núcleo dirigente). Lo que implica una represión masiva (difusa) similar a las protestas de los 80 y focalizada con mayor ahínco ciertos sectores de la población como los secundarios o mapuches, que se traduce en un amedrentamiento masivo a la sociedad, ahí los casos de mutilaciones oculares (objetivo similar al perseguido con el “caso quemados” en la década de los 80). Podemos también ver asesinatos selectivos, como el caso de activistas medioambientales y  la prisión preventiva como mecanismo para aplicar penas efectivas, sin juicios, ni garantías a quienes se manifiestan.

Las leyes represivas, las reformas y modificaciones a la orgánica y al funcionamiento de la inteligencia del régimen hablan de la necesidad de profundizar y ampliar el aparato represivo del régimen. Hablamos de una descomposición de la democracia burguesa encubriendo de legalidad políticas represivas que exceden el marco del estado de derecho sustantivo. 

De este ejercicio de contrastar la memoria con la situación actual, logramos prefigurar ciertos rasgos del contexto desnudado por octubre; una crisis profunda a escala mundial, una tendencia a la represión que tiende a profundizar la descomposición de la democracia burguesa y un proceso constitucional hecho a la medida de los partidos políticos que tiene menores posibilidades, en comparación a 1988, de procesar el movimiento de masas. ¿Cuál es la salida? El periodo abierto en 1973, como expresión política y económica esta agonizante, más no muerto, la resistencia será tenaz, pues, el capital en un contexto de crisis económica tendrá que ceder en la tasa de ganancia para conciliar con el movimiento de masas o simplemente aplastarlo, la tendencia a nivel global es a la pauperización de la vida, en el marco de un alza de la lucha de clases que ha traído como respuesta brutalidad y represión. La salida es un zapato chino, solo el pueblo tiene la respuesta.

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