¿Vivir a la sombra efímera del Frente Amplio o construir proyecto revolucionario?

Tras la irrupción de la Revuelta Popular se nos ha presentado una primera dificultad: asumir objetivamente que enfrentamos un nuevo escenario político que amerita con urgencia responder sin añoranza de lo transcurrido. Dicha apreciación de la realidad política descansa en caracterizar la existencia de una crisis política de legitimidad profunda en las entrañas de la democracia liberal, acompañada como telón de fondo de una crisis civilizatoria, en cuanto reproducción de un orden que evidencia signos de desgaste y colapso a escala global. Evidentemente las crisis han sido constitutivas históricamente del régimen capitalista, por lo tanto, jugar al rol de espectadores no es una posibilidad, sino más bien, construir proyecto revolucionario, abrir el comunismo como horizonte político que se expresa como movimiento crítico al estado actual.

Balance general

Se vuelve urgente convocarnos a un balance colectivo de la Revuelta Popular que visibilice las tareas que se desprenden de esta experiencia de lucha, como expresión de intensificación de la lucha de clases; como síntesis histórica de las movilizaciones protagonizadas en la historia reciente; y como experiencia que devela las posibilidades históricas de desencadenar un proceso revolucionario. En este sentido enunciaremos tres aspectos para abrir la discusión:

a) La ausencia de vertebración orgánica.

El surgimiento de asambleas territoriales protagonizando el proceso constituyente se manifestó como espacio aglutinante para protagonizar la movilización y la discusión que esbozó propuestas que se conectaban con las luchas sostenidas: No más zonas de sacrificio, No + AFP, derecho a la educación, etc., Sin embargo las orgánicas que articularon de forma comunal (Cordones Territoriales) y nacional (CAT) carecieron de claridad política para superar el estado de desconfianzas y avanzar en posicionamientos políticos claros que invitaran a profundizar las contradicciones del proceso en curso. Tras no configurarse con claridad las redes de articulación a nivel nacional, ante la irrupción del Acuerdo de Paz y Nueva Constitución comienza la debacle para las organizaciones populares asamblearias, develando otras problemáticas.

b) La ausencia de proyecto político y lineamientos programáticos.

Tras no configurarse una vertebración orgánica nacional que impulsara y diera forma al proceso en curso, las posibilidades de materializar las propuestas de contenido vivenciadas en los innumerables cabildos organizados quedaron a merced de la ofensiva del bloque en el poder, que en conjunto dan una salida a la crisis de gobernabilidad que abrió la revuelta popular: Acuerdo de Paz y nueva Constitución fue el marco que adiestró y disciplinó el proceso vivido por el pueblo. En este sentido, las propuestas programáticas que se levantaron a partir de metodologías basadas en la educación popular quedaron en una nebulosa de dispersión sin posibilidad de traducirse en consignas que reflejaran el problema del poder.

c) De la presencia del purismo.

Como corolario del proceso, ante la arremetida del Acuerdo de Paz y Nueva Constitución se abrió una discusión política que sobrepaso a las organizaciones populares asamblearias, fracturándolas profundamente, llevándolas a la incertidumbre y quedando bajo una realidad política impuesta sin propuesta ni fuerza política para sobreponerse.

En este sentido florecieron las incapacidades políticas que no fueron capaces de organizarse en torno al Apruebo, mucho menos presentar claridades frente a las candidaturas a la Convención y mucho menos en el desarrollo de la Convención.

Vivimos en un proceso de reflujo que nos invita a un fraterno balance colectivo de las falencias que develó el transcurso de la Revuelta Popular, en este sentido nos gustaría marcar una con énfasis: “Es muy fácil demostrar ´espíritu revolucionario´ sólo lanzando improperios contra el oportunismo parlamentario o sólo repudiando la participación en los parlamentos; su misma facilidad, precisamente no puede hacer de esto la solución de un problema difícil, muy difícil” (Lenin, 1920). La encrucijada es la siguiente: seguir denunciando las maniobras de coaptación del reformismo es acertado, continuar en la sombra del Frente Amplio, en la crítica cómoda sin construir propuesta política revolucionaria que implique disputa en el escenario nacional e internacional: es purismo inofensivo e intrascendente.

Hacia una política revolucionaria

Es cierto que debemos realizar una crítica implacable a todo lo que se cocina dentro de la Convención, sin embargo, resulta necesario mirar hacia nuestras organizaciones. A pesar de la persistencia del quehacer político de compañeras y compañeros, hoy ya no existe la gran asamblea con noventa o cien personas. Si en los momentos de mayor efervescencia del estallido esa cifra nos parecía mínima hoy, lisa y llanamente, resulta una imposibilidad.

¿Qué pasó?

¿Se acabó nuestro incontenible malestar? Al parecer no

¿Nos dejamos llevar por el manejo institucional de la revuelta? Quizás esto sí tiene más sentido.

Nuevamente hemos quedado reducidos a un ejercicio político marginal que nos permite la actual democracia: acotado e inofensivo. Más terrible aún es cuando en muchos casos pareciese que estamos ante una automarginación cómoda dispuesta a disfrutar del triste espectáculo de las democracias liberales. Asombrados por los notables curriculum de las personas que ostentan la presidencia y la vicepresidencia de la Convención, delegamos nuestra potencia en su visibilidad mediática y, cómo no, obviamos su pertenencia al inocuo reformismo frenteamplista.

¿Lo estamos pasando muy bien?

En este marco ¿dónde queda nuestro quehacer? ¿Cómo damos cuenta de la crisis profunda de esta civilización articulada en torno al patriarcado y al capital? ¿Dónde acentuar nuestro ejercicio político? Resulta imperecedero e imprescindible posicionar al Comunismo en nuestro horizonte político. Sin caer en las caricaturas de los capitalismos de Estados (o Socialismos reales); con imaginación política para desenmarañar la madeja del patriarcado, el capitalismo y las democracias liberales; y determinación para no decaer en la disputa política. Por lo mismo, resulta fundamental avanzar hacia un Comunismo que comience por discutir la persistencia de lo patriarcal y el despliegue totalizante del capital.

Específicamente podríamos plantear una hoja de ruta mínima en el marco de un proyecto revolucionario que supere la actual crisis civilizatoria:

a) Sobre lo patriarcal. La necesidad de la conformación de grupos de autoconciencia diferenciados por sexo; visualización de prácticas que definen y reproducen jerarquías sexuales, mecanismos y formas que permiten el despliegue de la violencia; abolición del matrimonio y de la organización reproductiva que se apropia y explota la capacidad reproductiva de las mujeres; abolición del género y todos los mandatos culturales que nos obligan y persuaden a establecer una forma de comportamiento obligatoria asociada a la experiencia sexuada de nuestros cuerpos.

b) Sobre el capital. Resulta imposible que la vida se siga desplegando si no es a través de un fin absoluto al progreso definido por la producción inacabada de mercancías y de formas de vidas asociadas a la urbanización. Incluso, pensando en el actual debate político y constitucional ¿qué justificaría que las múltiples zonas de sacrificio sigan operando en Chile? ¿Qué justificaría seguir comerciando e importando distintas formas de plástico chino? ¿Qué justificaría la producción vivienda con materialidades que dañan irreparablemente el medio donde habitamos? ¿Cuándo posicionamos la ruptura absoluta de la propiedad privada?

Proponemos esta base para desarrollar unidad programática con el fin de superar la ausencia de propuestas estratégicas y la crisis de horizonte revolucionario. De lo contrario, podemos continuar acomodándonos a la reproducción del patriarcado por nuevos medios, la compra ilimitada de la basura que produce el capital y el inocuo avance del reformismo y su parafernalia electoralista.

Firma: Pimentón Rojo.

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