Del “cáncer marxista” a la tiranía de la reconciliación: la persistencia histórica del anticomunismo en la Transición.

“yo tuve una conversación con un dirigente del Partido Socialista cuando se cerraron las minas de Schwager, el año ´94, le dije mira lo que está pasando, el gobierno, la gente tantas ilusiones, le expliqué como dueña de casa lo que yo pensaba. Y él me dice: ´mira, tú tienes que tener bien claro, que aquí ya no existe la lucha de clases, el campesinado, el obrero… está obsoleto”[1] .

I.- Planteamiento del problema.

La presente problematización histórica tiene por objetivo acercarnos desde una perspectiva crítica al proceso transicional experimentado en Chile, poniendo centralidad en la continuidad del anticomunismo, pero observando sus particularidades respecto a su construcción en el período dictatorial. Si durante la dictadura cívico–militar la centralidad política estuvo en la erradicación del comunismo, durante la Transición se combinan experimentaciones explícitas, como la creación del organismo de inteligencia La OFICINA, con elementos soterrados que se entrelazan con la derrota histórica global de las perspectivas marxistas, poniendo como centralidad la gobernabilidad y la continuidad de las reestructuraciones económicas impulsadas en dictadura.

Justamente comprender las dinámicas del anticomunismo en el período transicional marcado por la derrota del movimiento obrero y popular, junto a la consumación del orden neoliberal, constituye nuestro objetivo, que viene a plantear una constante histórica que se suele estudiar en momentos de intensificación de la lucha de clases, pero no en el marco de edificar y consumar la derrota. En este sentido, tanto la dictadura cívico–militar como la propuesta política–teórica que sostiene la Transición, coincidieron en la polarización como una problemática a resolver para garantizar la gobernabilidad. Cabe, por tanto, plantear las siguientes interrogantes: ¿cómo se vincula la construcción del enemigo en el contexto de la dictadura cívico–militar y en la Transición? ¿cómo se relaciona la consumación de la derrota histórica del movimiento obrero y popular con la construcción del anticomunismo en el contexto de la Transición?

Para abordar estas preguntas, en primer momento, debemos aclarar que concebimos la problemática del comunismo y del anti-comunismo en un sentido amplio, es decir, un asunto que va más allá de las acciones represivas, o de desarticulación del Partido Comunista, o de las propuestas emanadas desde este partido político. Asumimos la definición compartida por Karl Marx en la Ideología Alemana: Para nosotros, el comunismo no es un estado que debe implantarse, un ideal al que haya de sujetarse la realidad. Nosotros llamamos comunismo al movimiento real que anula y supera al estado de cosas actual[2].

Nuestra segunda precisión radica en comprender que la movilización del anticomunismo subyace a la irrupción de la modernidad capitalista, que constituye una expresión de la lucha de clases, reflejada tanto en momentos de intensificación, como en períodos históricos de reflujo y consagración de un reordenamiento económico–político. Poner centralidad en las dinámicas del anticomunismo propias de la Transición constituye una observación original que nos lleva a comprender la formación social capitalista en su particularidad mistificada e histórica. Es decir, la relevancia dada por la Transición a la paz social y la reconciliación constituyen una expresión de la lucha de clases, al igual que las referencias constantes dadas en el contexto de la dictadura cívico–militar respecto al marxismo como un ´cáncer´ a extirpar de la sociedad.

Contexto global: Ascensión neoliberal y la movilización de las raíces del anticomunismo

No podemos comprender la consagración de la derrota histórica del movimiento obrero y popular en Chile sin entrelazarlo con un marco global. En ese contexto histórico se encuentra el ascenso neoliberal a través de la ofensiva del capital, que implicó la reestructuración del sistema–mundo capitalista, como también la desarticulación de la clase trabajadora y el impulso de privatizaciones a través del violento despojo. Por lo tanto, la neoliberalización puede ser interpretada bien como un proyecto utópico con la finalidad de realizar un diseño teórico para la reorganización del capitalismo internacional, o bien como un proyecto político para restablecer las condiciones para la acumulación de capital y restaurar el poder de las elites económicas[3].   

Sostenemos junto a Harvey que los impulsos de la neoliberalización se comprenden en el marco de un proyecto político de clase que permitió recomponer los patrones de acumulación, en una ofensiva histórica. En segundo lugar, y relacionado a la experiencia de la dictadura cívico–militar, lejos de las caracterizaciones que ensalzan las dinámicas de dominación impulsadas por la hegemonía neoliberal, no podemos obviar que dicha implantación se sostuvo en el siguiente proceso: la subjetividad de los “gobernados” solo puede construirse en condiciones de una derrota, más o menos sangrienta, que le haga pasar del estado de adversario político al de “vencido”[4].

El tránsito que significó pasar del ´adversario político´ al ´vencido´ tiene por objeto marginalizar al comunismo como posibilidad histórica, a través, de su erradicación objetiva, mediante la represión, y por medio de su condena discursiva, enarbolando una retórica de repudio a la polarización, acompañada de un diagnóstico de responsabilidad compartida en torno a la experiencia de la Unidad Popular, terminando por declarar a viva voz la tiranía de la conciliación.  

La elaboración ideológica para dar con las bases teórico-discursiva de la Transición, fue desarrollada desde diversos centros de investigación ligados a las fuerzas políticas que protagonizaron dicho proceso. CIEPLAN puede ejemplificar dicha situación, pues, ante la irrupción de la protesta y el carácter autónomo que adquiría el movimiento popular (¿se habla del movimiento popular en dictadura?), su propuesta fue clara: Fue así como CIEPLAN organizó una serie de diálogos entre trabajadores, élites empresariales y otros grupos de la sociedad, los cuales se orientaron a la búsqueda de acercamientos entre el mundo laboral y patronal. La idea era evitar lo que históricamente se había percibido como una debilidad del sistema democrático chileno: la confrontación permanente entre estos dos mundos.[5]

En este sentido, el anticomunismo como un elemento estructurante de la escena política, se expresa en la Transición como condena a la polarización, de ahí que sus presupuestos teóricos descansan en tergiversaciones profundas, tales cuales:

  1. Concebirse como un proceso de excepcionalidad, un proceso exitoso de estabilidad institucional.
  2. Anular e invisibilizar los procesos de resistencia frente al régimen dictatorial.
  3. Comprender la dictadura cívico–militar de forma homogénea en las prácticas represivas, posicionándose como los salvadores y portadores de la democracia.

II.- Plasmar la lección de la derrota a través de la memoria institucionalizada.

Una de las transformaciones propias del contexto de derrota propio de la década de los 90´ es, la profunda crisis del marxismo y el protagonismo en torno al paradigma de la memoria como impulso institucional. ¿Qué nos refleja esta transformación? Tal como lo expresa Enzo Traverso: El siglo XXI, al contrario, se abre en un mundo sin utopías, paralizado por las derrotas históricas de las revoluciones comunistas. Abandonada por el “principio esperanza”, nuestra época de humanitarismo neoliberal postotalitario no percibe el pasado como un tiempo de revoluciones, sino más bien como una era de violencia[6].

En este sentido, la memoria como política institucional busca consagrar la victoria neoliberal, privándonos de la imaginación política, y con ello, de las posibilidades de construir procesos revolucionarios. La Transición si avanzó en continuar con impulsos represivos, también institucionalizó la derrota y la impulsó como lección cívica de condena a la violencia. Dicha comprensión queda de manifiesto en los objetivos que expresa el Museo de la Memoria y los derechos humanos:

El Museo de la Memoria y los Derechos Humanos es un espacio destinado a dar visibilidad a las violaciones a los derechos humanos cometidas por el Estado de Chile entre 1973 y 1990; a dignificar a las víctimas y a sus familias; y a estimular la reflexión y el debate sobre la importancia del respeto y la tolerancia, para que estos hechos nunca más se repitan[7].

La expresión de los objetivos es clara en la cancelación de un pasado y la consagración de un presente marcado por la búsqueda de conciliación, lo que implica la aceptación del orden neoliberal. La memoria institucionalizada porta su dimensión anticomunista en la condena a la violencia de forma abstracta, descontextualizada y no situada históricamente. Es decir, despolitiza a las militancias, y neutraliza los proyectos políticos revolucionarios.

Esta expresión de una memoria institucionalizada y vehiculizada para la consagración del anticomunismo, tiene su correlato en los planes y programas escolares. Si analizamos la Unidad 4 correspondiente a 2° Medio, su propósito es el siguiente:

Se trabaja en la formación ciudadana, respeto a los derechos humanos, gobernabilidad, representación, participación ciudadana y convivencia pacífica, entre otros aspectos. Del mismo modo, se profundiza en los desafíos pendientes para el país, como el reducir la pobreza y la desigualdad[8].

El propósito de la Unidad 4 entra en diálogo con lo que problematiza Enzo Traverso: No se convoca a los jóvenes a cambiar el mundo, sino, antes bien, a no repetir errores de aquellos que, cegados por peligrosas utopías, contribuyeron en definitiva a la construcción de un orden despótico[9].

¿Qué intencionalidad política-histórica comparten los propósitos expresados en la Unidad 4 con los objetivos manifestados por el Museo de la Memoria y los derechos humanos? La memoria que fabrica la Transición como política institucional es funcional a consumar una derrota histórica cargada de anticomunismo, omisión absoluta de la construcción de proyecto político y cristalización del pasado, como una experiencia aleccionadora que priva de futuro.

La resocialización sustentada en la despolitización

La Dictadura cívico–militar ha sido estudiada desde las violaciones sistemáticas a los derechos humanos y desde la reestructuración económica política que impulsó. Abrir nuevas problemáticas implica asumir que la dictadura cívico–militar movilizó objetivos políticos que provocaron importantes consecuencias en la sociabilidad. Es decir, la instauración del régimen militar no tan sólo movilizó la represión, la tortura, el exterminio y la persecución política, sino que también, puso centralidad en la resocialización. Dicha resocialización ya no pasaría por la mediación de las militancias políticas, los proyectos antagónicos y partidos políticos, todo lo contrario, lo que va a prevalecer en la propuesta de resocialización dictatorial será la despolitización y la restricción a dimensiones locales y técnicas encarnadas a través de la Reforma Municipal.

En otras palabras, la nueva mentalidad chilena, a la que desde un principio aspiró el régimen militar, no habría de surgir solo de la represión o de la economía neoliberal, sino sería producto también de un trabajo sistemático de reeducación cívica desarrollado por organismos oficialistas, cuya tarea sería generar un nuevo sistema de valores que constituiría el nuevo consenso social[10].

La instauración del consenso social fue extendido y compartido por la Transición, por medio de la condena de la polarización y en el balance histórico de la Unidad Popular como un exceso, sobreideologización irresponsable, que puso en peligro la virtuosa institucionalidad democrática nacional.

Dicho proceso de resocialización se encuentra anclado en las transformaciones globales que marcaron la ausencia de proyectos políticos críticos ante la hegemonía neoliberal que se consolidaba. Estos procesos de transformación significaron que los partidos políticos, actores fundamentales del escenario político del siglo XX, entraran en una profunda crisis de proyecto, transformándose en maquinarias electorales clientelares de administración.

Como consecuencia de este fenómeno los partidos políticos se han transformado en partidos de camarillas, con agrupamientos internos sin consistencia ideológica y con un altísimo grado de antropofagia. Los partidos parecen haber perdido la dimensión comunitaria y los lazos de afectividad primaria suscitada por la común pertenencia a una causa, para convertirse en estresantes lugares de competencia por el poder, para lo cual se generan relaciones instrumentales con un grupo[11].

Si la dictadura cívico–militar avanzó en la resocialización a partir de la Reforma Municipal como dimensión estructurante, la Transición y las políticas que consagró amplificaron la resocialización despolitizadora, a través, de la competencia, y a través, de la deuda-consumo como elemento de integración social y de reproducción del orden.

Desde la focalización de la política social, pasando por propuestas que consagraron el endeudamiento como mecanismo de solución de aspiraciones sociales (CAE), hasta la competencia por beneficios locales (Fondos Concursables), poseen como trasfondo un profundo anticomunismo que condena la politización y al conflicto político-social, dimensiones del anticomunismo que decantan en la conciliación en torno al libre mercado, erigiéndose como la viga maestra de la paz social. En este sentido tanto la Dictadura cívico–militar como la Transición consagraron una derrota política histórica sustentada en las dimensiones anticomunistas como condición de gobernabilidad.

Consideraciones finales

El proceso transicional chileno se encuentra estudiado desde la perspectiva de los derechos humanos (la lucha por ´justicia y verdad´) y las continuidades o distancias entorno legado dictatorial en términos económicos–políticos. Esta propuesta de investigación abre la visibilización del anticomunismo no enclaustrado en el siglo XX, por eso nuestra definición marxiana, y no a partir de experiencias históricas. En este marco, la Transición se articuló en continuidad con la dictadura cívico – militar en consonancia con procesos globales, que derivaron en tergiversaciones reduccionistas, tales como comunismo/totalitarismo, que se manifiesta en las políticas institucionalizadas de la memoria o en las propuestas educativas emanadas por el Ministerios de Educación.

La Revuelta Popular emana como síntesis histórica de los diversos procesos de movilización vividos en nuestra historia reciente, poniendo en tensión la herencia dictatorial que fue administrada y profundizada en el marco de la Transición. Sin embargo, la alusión al anticomunismo sigue presente o reactualizada con procesos tanto globales como locales, de ahí la importancia de su comprensión y de cómo se manifiesta en términos objetivos, de los caracteres represivos y subjetivos en el marco de proceso de resocialización.

Autor: Diego Gutiérrez.

Bibliografía

  1. Chateau Gárate, Manuel. La revolución capitalista en Chile (1973 – 2008). Editorial Universidad Alberto Hurtado. Santiago. 2012
  2. Harvey, David. Breve historia del neoliberalismo. Akal ediciones. Madrid, 2005.
  3. Lazzarato, Maurizio. El capital odia a todo el mundo, fascismo o revolución. Eterna cadencia. Buenos Aires. 2020.
  4. Marx, Karl; Engels, Friedrich. La ideología alemana. Akal ediciones. Madrid. 2017.
  5. Moulian, Tomás. Chile actual anatomía de un mito. LOM ediciones, Santiago. 2002.
  6. Sandoval, Carlos. De sub terra a sub sole: el fin de un ciclo. Santiago, Quimantú. 2011.
  7. Traverso, Enzo. Melancolía de Izquierda. Marxismo, historia y memoria. Fondo de Cultura Económica. Buenos Aires. 2018
  8. Valdivia, Verónica; Álvarez Rolando; Donoso Karen. La alcaldización de la política. Los municipios en la dictadura pinochetista. LOM ediciones, Santiago. 2012.

[1] Sandoval, Carlos. De sub terra a sub sole: el fin de un ciclo. Santiago, Quimantú. 2011.

[2] Marx, Karl; Engels, Friedrich. La ideología alemana. Akal ediciones. Madrid. 2017.

[3] Harvey, David. Breve historia del neoliberalismo. Akal ediciones. Madrid, 2005.

[4] Lazzarato, Maurizio. El capital odia a todo el mundo, fascismo o revolución. Eterna cadencia. Buenos Aires. 2020.

[5] Chateau Gárate, Manuel. La revolución capitalista en Chile (1973 – 2008). Editorial Universidad Alberto Hurtado. Santiago. 2012.

[6] Traverso, Enzo. Melancolía de Izquierda. Marxismo, historia y memoria. Fondo de Cultura Económica. Buenos Aires. 2018.

[7] https://web.museodelamemoria.cl/sobre-el-museo/

[8] https://www.curriculumnacional.cl/portal/Educacion-General/Historia-geografia-y-ciencias-sociales/Historia-Geografia-y-Ciencias-Sociales-2-medio/79919:Unidad-4-Formacion-ciudadana-Estado-de-derecho-sociedad-y-diversidad

[9] Traverso, Enzo. Melancolía de izquierda, marxismo, historia y memoria. Fondo de Cultura Económica. Buenos Aires, 2018.

[10] Valdivia, Verónica; Álvarez Rolando; Donoso Karen. La alcaldización de la política. Los municipios en la dictadura pinochetista. LOM ediciones, Santiago. 2012.

[11] Moulian, Tomás. Chile actual anatomía de un mito. LOM ediciones, Santiago. 2002.

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